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Huellas N.8, Septiembre 2005

CULTURA Albert Einstein

Ardiente buscador de la verdad

Guiomar Ruiz López

«De todas las comunidades posibles, no hay ninguna a la que me gustaría dedicarme, excepto la sociedad de los buscadores de la verdad, que siempre ha tenido muy pocos miembros activos a lo largo de la historia». Algunos rasgos de la vida de Einstein marcada por una curiosidad intelectual como algo sagrado e irrefrenable

Albert Einstein (1879-1955) nace en Ulm (Alemania), hijo de padres judíos no practicantes. Después de recibir la primera enseñanza en una escuela católica de Munich, ingresa en el Gymnasium Luitpold donde no se revela muy buen estudiante; sólo muestra interés por las matemáticas y no consigue adaptarse en la escuela. Sin embargo, percibirá siempre la curiosidad intelectual como algo sagrado e irrefrenable: «Es casi un milagro que los modernos métodos de enseñanza todavía no hayan estrangulado totalmente la sagrada curiosidad de investigar; porque este delicado germen necesita algo más, además de estímulo, libertad».
A los 15 años sigue a sus padres a Milán y poco después se traslada a Suiza donde es admitido en el célebre Instituto Politécnico de Zurich, no sin dificultades. Habiendo terminado sus estudios en 1900, no le es posible conseguir una plaza de profesor y el año siguiente ha de colocarse en la Oficina de Patentes de Berna. Esta ocupación le proporcionará la libertad necesaria para dedicarse a su afición científica: «Existía ese inmenso mundo fuera, independiente de nosotros los seres humanos y anterior a nosotros como un gran misterio eterno, aunque accesible en parte a nuestra observación y conocimiento. La contemplación de ese mundo supone una liberación».

A los 26 años
En 1905 envía a la revista Annalen der Physik tres trabajos de investigación de primer orden. El primero llevaba el inocente título de «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento». Se trata de la primera exposición de la Teoría de la Relatividad Restringida, que desvela que el tiempo y el espacio no son absolutos y se funden en una sola entidad llamada espacio-tiempo; consecuencia de ello es que la energía y la masa son dos aspectos de una única realidad física y pueden transformarse la una en la otra según la famosa ecuación E=mc2. La culminación posterior de esta teoría, durante la primera guerra mundial, en la Teoría de la Relatividad Generalizada, supondría un giro radical en la visión del cosmos. Debido a su complejidad matemática, aún hoy no es una teoría lo suficientemente conocida para el gran público; lo cierto es que una vez aprehendida, permite contemplar espléndidamente la grandeza y la unidad del universo: el espacio-tiempo tiene forma esférica, resultando finito pero ilimitado, y las zonas en las que hay materia no son más que regiones de mayor curvatura, la cual es la causa de los fenómenos gravitatorios.

El deseo de conocer
El segundo trabajo aplicaba la teoría cuántica de Plank, que afirmaba que la luz está formada por pequeños «paquetes» de energía, al efecto fotoeléctrico, por el cual se puede generar corriente eléctrica al iluminar una placa metálica. Con él se abría paso la llamada revolución cuántica, que rompe con la certeza abanderada por la física moderna iniciada por Galileo, según la cual sería posible hacer una descripción completa de la realidad material, una vez conocidas todas las características cuantitativas de sus componentes. Por este trabajo recibiría el premio Nobel algunos años después, en 1921.
Y el tercer trabajo, acerca del movimiento aleatorio de pequeñas partículas inmersas en un fluido en equilibrio, abre otra nueva revolución al mostrar cómo los constituyentes de un sistema tienen un modo sutil y profundo de correlacionarse, poniéndose en evidencia un significado, una unidad profunda dentro de la complejidad.
Estas tres publicaciones, que hoy cumplen un siglo, merecieron la denominación del año 1905 como annus mirabilis de Einstein. Pero otros muchos trabajos desarrollados a lo largo de toda su vida, significarían también pasos de gigante en el camino de la comprensión del misterio de lo real: «Yo deseo saber cómo Dios ha creado el mundo, no estoy interesado por este o aquél fenómeno ni por el espectro de un elemento químico. Yo quiero conocer su pensamiento; lo demás es un detalle».

Conocido por su bondad
Einstein amaba la belleza, tocaba sutilmente el violín y apreciaba el arte. «Los ideales que han iluminado mis caminos y que me han dado ánimo para mirar la vida con alegría, son la belleza, la bondad y la verdad». De hecho era conocido por su bondad, e inspiraba tal confianza que, en los últimos años, llegaban cada semana cientos de cartas a su residencia en Princeton y él las contestaba siempre que el remitente se encontraba en dificultades. Pacifista hasta la médula, rayando en la ingenuidad, experimentó una gran extrañeza y soledad durante las dos guerras mundiales que vivió. Poco antes de morir se desvive por insistir en que era preciso cortar con la amenaza de una guerra nuclear: «La preocupación por el hombre debe constituir siempre el objetivo principal de todo esfuerzo tecnológico. Preocupación por los grandes problemas no resueltos de cómo organizar el trabajo humano y la distribución de la riqueza de manera que se asegure que los resultados de nuestro esfuerzo científico sean una bendición para los seres humanos, y no una maldición… ¡Cómo me gustaría que en algún sitio existiera una isla para aquellos que son prudentes y bondadosos! En tal lugar hasta yo mismo sería un ardiente patriota».

La maravillosa estructura de la realidad
Sus últimas investigaciones científicas se centraron en la «teoría de campo unificado», es decir, en cómo reducir todas las fuerzas físicas a manifestaciones de una única fuerza. Ello le llevó más tiempo que cualquier otra actividad en toda su vida, y en ello trabajó hasta su muerte, en 1955. Pero los defectos en las distintas formulaciones de su teoría fueron hallados, uno a uno, por el mismo Einstein. Quienes participaban con él en esta investigación, más tarde o más temprano se dieron por vencidos mientras que él seguía investigando, consciente de que muchos de sus colegas juzgaban que perseguía un sueño imposible. Conocía mejor que nadie las limitaciones de sus esfuerzos, pero el duro trabajo ejercía sobre él una fascinante atracción: «Uno no puede por menos que asombrarse cuando contempla los misterios de la eternidad, de la vida, de la maravillosa estructura de la realidad», escribió y añadió: «Es suficiente, si uno intenta comprender un poco de este misterio cada día».
De hecho toda la obra de Einstein muestra cómo poner las premisas, dar una base científica, al hecho de que en definitiva la perfección del conocimiento no es sino una comunión con el mundo con el que entramos en relación. Y que, en definitiva, el camino del conocimiento se culmina en una relación de amor.

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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