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Huellas N.7, Julio/Agosto 2009

BREVES

Cartas

a cargo de María Rosa de Cárdenas

La conmoción que mueve
Era viernes y teníamos una clase de Ética de las Profesiones en el Máster. El primer sentimiento que me produjo fue pereza, rechazo, «A ver qué me van a contar…», pensé. Además el profesor que venía a darnos la clase ya me había dado una asignatura muy parecida en la carrera y no me había llamado nada la atención. Estaba bastante despistada, el profesor comenzó a proyectar diapositivas, la primera decía: «El punto de partida es la realidad. ¿Qué concepto define la circunstancia presente?». Cuando leí esto ¡mi corazón pegó un brinco! Pensé: «Anda…pero si coincide con lo que estamos estudiando en la Escuela de comunidad». Todo mi ser cambió en un instante y la desgana con la que había llegado desapareció. Aquello captó toda mi atención. Con esta frase el profesor quería introducirnos en el contexto que estamos viviendo en la actualidad, pero lo que más me sorprendió fue el recorrido tan humano que fue desarrollando. Empezó hablando de la realidad, siguió por el uso de la razón al relacionarnos con ella y también habló de la libertad, del conocimiento, la verdad y la felicidad, de cómo vivir el trabajo humanamente. Además tenía un interés enorme por nosotros, pues no hacía más que preguntarnos a todos para que interviniéramos, ¡para despertarnos! Realmente era conmovedor ver a una persona con sus casi 60 años disfrutar de la vida como un niño. Cuando terminó la clase me acerqué a hablar con él. La verdad es que yo no suelo ir a hablar con profesores, pero este hombre llamó tanto mi atención que cuanto menos debía darle las gracias por haberme sacado del despiste y del estado somnoliento en el que había llegado. Así que me acerqué y le dije que estaba muy agradecida porque todo lo que había dicho me parecía importantísimo no sólo para el trabajo sino para la vida. Estuvimos un rato charlando. Yo no podía irme sin decirle que todo el recorrido que habíamos hecho juntos alguien lo había puesto ya por escrito. Así que le hablé de El sentido religioso. En seguida, apuntó el título muy interesado y me preguntó que de quién era. Cuando le dije que lo había escrito Luigi Giussani se quedó pensativo unos segundos y me dijo: «¡¿Don Giussani?!». Yo contesté: «¿Le conoces?». «Hombre, no le conozco –me dijo–, porque ya ha muerto…». Impresionadísima le pregunté por qué sabía quién era y me respondió que, hace uno o dos años, en la puerta de la universidad, alguien le había vendido una revista sobre él, con motivo de su muerte y salía su cara en la portada. Inmediatamente caí en la cuenta de que aquello sucedió cuando vendimos Huellas en la Universidad. Marta y yo en aquel momento éramos las únicas chicas de CL en la Facultad y nos propusieron vender Huellas. Nos costó la vida ponernos allí, delante de todos nuestros compañeros, sin entender bien cuál era el sentido de aquello, pero, nos fiamos de quien nos lo había propuesto y acompañadas por algunos amigos, decidimos hacerlo. Aquélla fue la única vez que vendimos la revista y debimos vender 2 ó 3, no más. ¡Una fue a este profesor! Me dijo que la había leído y que le había gustado mucho, así que se leería también el libro. De este acontecimiento me llamaron la atención varías cosas. Lo primero que me vino a la cabeza fue la frase de Rose en su carta a Carrón después del terremoto de los Abruzos: «Estas mujeres se mueven porque se conmueven». A mí este profesor me conmovió de tal manera que no podía dejar de ir a hablar con él. Luego, me nació un agradecimiento enorme al movimiento, porque aquella clase fue estupenda no sólo para mí sino también para el resto de mis compañeros. Pero al salir de allí nadie comentaba lo sucedido, lo que habían visto había sido bonito, pero había terminado al salir por la puerta de la clase, porque no tenía que ver con sus vidas. Sin embargo, en mí surgía un agradecimiento enorme por la educación que recibimos y que da unidad a mi vida. No es distinto estar en el Máster, ir a Escuela o trabajar. Todo es una sola cosa. Por último me di cuenta de que a este profesor ya lo había tenido en la universidad no hace demasiado tiempo, pero no me había enterado de nada. Cuántas veces nos quejamos porque no nos sucede nada en la vida y, sin embargo, podemos tenerlo delante y no estar viéndolo porque no estamos atentos. Porque está todo, pero falta lo humano.
Blanca, Tenerife (España)

De la mano de mi hijo
Cuando nació mi hijo Omar el 31 de diciembre de 1991 fue uno de los días más felices de mi vida. Trabajaba como gerente de una empresa y percibía un buen sueldo, viajaba y disfrutaba de todas las comodidades materiales. ¿Y Dios? Pues nada. Creía que todo era mérito mío y fruto de mi esfuerzo. A los pocos días, Omar tuvo que ser operado de emergencia por una obstrucción del píloro. Un doctor nos recomendó a un especialista de otra clínica, pues operarle en el hospital donde Omar había nacido era muy caro y no nos cobró nada por las consultas. ¿Por qué? No lo sé. Algunos familiares míos decían que fue un milagro haber llegado a este médico. Omar se recuperó. El que, en cambio, no me “recuperé” fui yo, ya que seguía sin reconocer que Dios me llamaba a través de esas circunstancias. Estaba anestesiado. Mi vida continuaba sin saber yo a dónde iba, qué finalidad tiene mi vida, aparte de trabajar, cuidar y amar a mis hijos y a mi esposa.
A los siete años, a Omar le dio una Hepatitis A. ¡Qué mala suerte la de mi hijo!, me dije. Omar pudo superarse, ¿gracias a quién? Aún no lo reconocía. El que no se recuperó, nuevamente fui yo, pues continué con lo mismo, pretendiendo ser yo el dueño y señor de mi vida. En 2000, me quedé sin trabajo (después de 20 años en la misma empresa) y “mi felicidad” “el sustento de mi vida” se derrumbó. No fue fácil volver a encontrar trabajo con 45 años de edad. Por primera vez, sentí que solo no podía, que necesitaba de Alguien más grande que yo para afrontar este problema. Comencé a asistir a misa algún domingo, y a pedir a Cristo que me ayudara (nunca asistí antes a tantas misas como lo hice en las vacaciones y ahora en los Ejercicios), pero aún sin entender, sin saber ni de fe ni de esperanza, sin saber cuál es el fin de mi vida, y principalmente sin saber que Cristo está vivo y presente y entre nosotros y que es el verdadero dueño de nuestras vidas. A los dos años encontré trabajo, pero no me recuperé yo, pues pronto me volví a olvidar por Quién había obtenido este empleo. No cabe duda de que la anestesia era muy fuerte. Pero ya tenía mejor concepto de lo que era Cristo, pues en el colegio de Omar junto con la Madre Cinthia, apoyamos la pastoral y aprendí, pero seguía pensando que mi vida era cosa mía. Parece que necesitaba una fuerte sacudida. En febrero de 2007 le diagnosticaron un cáncer a mi hijo Omar. ¡Qué formas extrañas tiene el Misterio de llamarnos, sobretodo a los que fingimos ser sordos! Ahora es diferente, pues no solo Omar se esta recuperando, sino yo también, alguna misión tiene Dios para mi hijo Omar y para mí también. Ahora tengo fe y esperanza, y sé por don Giussani que el esfuerzo y el dolor son enemigos de la fidelidad a Cristo. La Escuela y los Ejercicios me han enseñado que mi vida le pertenece al Señor, que vivir no es sólo afrontar las circunstancias, sino hallar qué significado tienen. No basta con sacrificarse y hacer felices a los demás, primeramente debo ser feliz yo, es decir, encontrar la correspondencia verdadera que es Dios. Esto no hubiera sido posible sin recorrer el camino que Giussani nos propone y sin estar acompañado por lo que dice Carrón y por tantos amigos.
Jorge, Lima (Perú)

La horma del zapato
Querido Julián: El primer día que tuve contacto con el movimiento, providencialmente fue el mismo día de la muerte de don Gussani. Marisol me dio la noticia, al mismo tiempo me invitó a la celebración del funeral que esa misma tarde se iba a celebrar en una iglesia de Granada. Se reunió un nutrido grupo de cristianos, miembros de la Fraternidad, amigos cercanos al movimiento… Las palabras de la homilía en la misa, que presidió nuestro querido Arzobispo, Don Javier, me conmovieron, tal vez por lo cercanas y llenas de vida que fueron, por la misteriosa fuerza que encerraban, por la profunda unción con su ministerio, cuando de súbito sus ojos se llenaron de lágrimas... Realmente me conmoví como en muy pocas ocasiones a lo largo de mi vida. Hace nueve años, cuando tenía treinta y ocho, me diagnosticaron una rara y penosa enfermedad de corazón. Tuve que ser intervenido cuatro veces en un mes y medio. En aquel tiempo de hospital, mirando la cara de otro sacerdote, había sentido Su mano en mi mano, había escuchado Su alentadora voz, había contemplado Su seductora sonrisa, pero seguía navegando en las procelosas aguas de la mediocridad, refugiándome en ser “un cristiano” como tantos otros. Quería encontrarme con alguien que me ayudara a llegar a otros prados de hierba verde y sentarme en la frescura de sus valles. Fue en aquella Eucaristía cuando sonó para mí la voz del Buen Pastor, de Aquél de quien me había alejado. Aquella fría tarde de febrero, conocí Comunión y Liberación, percibí sobre todo la libertad de este grupo de cristianos casi desconocido para mí, hasta ese momento. El sentido tan puro de la libertad ante el ser humano, no lo he encontrado en ningún otro lugar de manera tan viva y eficaz. Desde entonces, he acudido a la Escuela de comunidad, con cierta regularidad, haciendo en no pocas ocasiones lo imposible y siempre que mi obligación laboral y familiar me lo permite. En estos años he podido conocer más a fondo las enseñanzas del buen maestro don Gussani, he ido conociendo a los miembros de la Fraternidad que viven en Granada y lo que sentí aquella tarde, se ha ido corroborando en todo momento. El pasado mes de abril, asistí junto con Mª José, mi esposa, a los ejercicios de la Fraternidad en Ávila. Necesitaba unos días de reflexión, de paz, detenerme en la frenética marcha del curso. Nunca pensé que estos días podrían convertirse en un bien tan grande para mí y para mi familia, no podía llegar a imaginar que tras tantas vueltas y revueltas a lo largo de mi vida, Jesús se presentara vivo, real y tangible, siendo Él mismo, método de la fe. Hasta ahora, como tú decías en la mañana del sábado, tal vez se había quedado reducido para mí a un concepto histórico, a un sentimiento religioso, a una idea o a una ética. Había estudiado en mi juventud seis años de Teología, y nunca fui capaz de encontrarlo desde la razón de la fe. En Ávila me di cuenta que “el zapato” hasta ahora, y desde que era muy joven, no entraba bien en mi pie, no me sentía cómodo con él, porque no sabía cómo conocer a Jesús, desconocía el método de la fe. Quizás había utilizado mi fe como un adorno de la razón, muy lejos, totalmente lejos y equivocado de lo que realmente nos proponías como auténtico método para acercarnos a Cristo. Me quedo con la expresión que tú remarcaste de don Gussani: «El primer gesto de piedad conmigo mismo es confesar a ese Otro que has reconocido en la fe».
Sebastián, Granada (España)

Un pueblo en camino
A comienzos de este verano volvimos al campamento de Peguerinos con los chavales de 11 a 14 años a quienes acompañamos durante el curso en nuestras parroquias. Bajo el lema “Por ti” abordamos la figura de san Pablo, aprendiendo que, como a él, Dios nos prefiere a cada uno y nos regala todas las cosas; y nuestra respuesta a su llamada es alegre porque estamos agradecidos. El sábado subió a pasar el día con nosotros el obispo de Getafe, don Joaquín López de Andújar. Por la mañana celebró la misa, y algunos niños leyeron las cartas que le habían escrito, en las que le contaban lo que había significado para ellos el campamento. Les había impresionado mucho el testimonio de Álvaro, un joven sacerdote de la diócesis de Alcalá: «Entendí que Jesús no se rinde y siempre nos da una oportunidad» (Alejandra); «Como a Álvaro, aquí Jesús me ha tirado del caballo del orgullo, el egoísmo y la ignorancia. Sé que volveré por todo lo que he aprendido» (Jesús). Arturo decía: «Gracias por enseñarme a saber que soy preferido», y Jony, boliviano que lleva dos meses en Fuenlabrada, expresó al obispo su deseo de que «cuando siga creciendo, es decir, siendo mayor, pueda continuar en esta compañía donde la experiencia y la amistad con Jesús entre nosotros nos hace crecer». Después de comer, los monitores nos reunimos con D. Joaquín. Él nos felicitó por estar allí construyendo la Iglesia, porque «hoy valen los hechos y sobran las palabras. (...) Tenemos un gran reto educativo y algo grande que ofrecer, y esto nos lo confirman los frutos: los niños están contentos, se lo pasan muy bien. (...) A los chicos les hacéis un gran bien y así se convierten en verdaderos evangelizadores en sus familias y allá donde van». En el campamento se da la paradoja de que los adultos se hacen como niños por el deseo de aprender. Así se experimenta una satisfacción enorme al ver cómo el Señor nos educa a ser mejores padres, sacerdotes, catequistas. Nos despedimos de D. Joaquín cantándole a la Virgen «protege nuestro pueblo en camino con la ternura de tu fiel amor».
El grupo de Peguerinos, Madrid (España)

La curación de un hijo
Durante estos últimos tres años, y de una manera especial este último, hemos vivido una situación muy triste y angustiosa en casa: nuestro hijo Jesús, de 21 años recién cumplidos, se había dejado llevar por el camino de la droga. Para nosotros ha sido un auténtico infierno, ver cómo tiraba su vida por la ventana, preguntarnos qué habíamos hecho mal, sensación de culpabilidad, reproches entre nosotros (que si has sido muy duro, que si has sido muy blanda), tantas y tantas cosas... Hace un año conseguimos que aceptara entrar en Proyecto Hombre y, desde entonces los tres hemos sido fieles al método de esta Organización; todos los martes y jueves por la tarde ahí como clavos; él para seguir su terapia con el grupo de jóvenes, nosotros para la nuestra con el grupo de padres. Aquí hemos descubierto en los terapeutas una humanidad impresionante que nos ha ayudado a descubrir la positividad de la persona de nuestro hijo. El pasado día 9 de junio tuvo lugar la fiesta de su alta en el proceso de desintoxicación, fue una ceremonia preciosa a la que acudieron muchos de nuestros amigos de la Fraternidad de Barcelona y los que no pudieron venir estaban unidos a nosotros con la oración. Ahora, agotados después de estos años, con el miedo todavía en el cuerpo, sin embargo, hemos recibido la gracia de poder decir: «Señor, gracias por esta experiencia». Probablemente porque ya no nos quedaba más remedio, este drama nos ha ayudado a ponernos en Sus manos. Llega un momento en que no te queda más que reconocer que tú no puedes nada y que lo más razonable es abandonarse a la voluntad de Otro que te quiere. Así hemos aprendido a mirar a nuestro hijo de otra manera, a mirarnos nosotros también mucho mejor; después de más de 25 años casados. No podemos más que dar gracias a Dios que nos ha traído hasta aquí, donde hemos sido curados y hemos tocado con nuestras manos el milagro de la curación de nuestro hijo. Gracias a esta prueba podemos decir que somos mejores personas y hemos crecido en humanidad. Todo es para nuestro bien y esta experiencia nos ha permitido palpar que Dios existe porque actúa a nuestro lado cada día. Hemos aprendido a pedir y ofrecer sin más pretensión que dejarnos hacer por Otro que nos quiere por encima de todo. A partir de ahora sólo podemos seguir con la certeza de que no estamos solos. También hemos valorado mucho más la compañía de la Fraternidad como el lugar de la esperanza. Casi sin darnos cuenta hemos hecho el recorrido de la fe a la esperanza y a la caridad. La fe nos ha llevado a perseverar y no desfallecer, así hemos encontrado la luz de la esperanza y hemos podido querer a nuestro hijo de una manera que se acerca más a como Dios le quiere. Paradójicamente, podemos decir: bendita prueba.
Carta firmada

La fatiga puede ser una gracia
El sábado 9 de mayo, 133 voluntarios en 59 farmacias de Barcelona y Madrid invitaron a los ciudadanos a donar medicinas para ser destinadas a 34 entidades asistenciales que atienden a las personas más vulnerables de nuestra sociedad. En total, se recogieron 2.576 medicamentos con un valor comercial de 7.472 euros, 3 veces más que el año pasado, permitiendo cubrir un 23% de la necesidad de estas entidades que este año pidieron al Banco Farmacéutico unos 11.000 medicamentos. Publicamos la carta de uno de los voluntarios.

Lo más sorprendente para mí es que he pasado de construir el Banco Farmacéutico como una iniciativa mía, a construir la obra de Otro. Para dar este paso, que no ha sido nada fácil, he necesitado reconocer que la fatiga, que implicaba construir el Banco Farmacéutico, desde mi aportación como informático, era una gracia para mí. Por una parte, la amistad con los amigos del Banco se fortalecía, incluso tras los momentos tensos que hemos vivido. Por otra, estaba construyendo una obra que me construía a mí. Todo esto tiene un gran valor para mí ya que suelo empezar cosas y abandonarlas. La fidelidad a pesar de la fatiga es un buen signo. En un inicio, por la cantidad de trabajo que suponía, tenía miedo de cansarme y de tener que sostener el peso por mis fuerzas. Lo decisivo fue caer en la cuenta de para quién trabajo. Seguir la intuición de participar en el Banco es algo bueno para mí y ver que se va cumpliendo me han llevado a decir: «Eres Tú que me haces a través de estos hechos y te pido que continúes haciéndolo».
Daniel

Esos minutos antes
Son las 7.55 de la mañana. Laudes, lectura de una página de Escuela de comunidad y café. Ahora ya puede empezar la jornada laboral. Hace ya dos años (desde que trabajamos juntos) que mi amigo Silvio y yo comenzamos el día de esta forma, a veces acompañados por otros colegas. No resulta fácil. A las 7.55 uno está siempre un poco dormido. A veces, debido al cansancio, me como una línea, leo una palabra en vez de otra, o bien me olvido de la antífona. “No importa”, me digo, “mañana prestaré más atención”. Y al siguiente día llego cinco minutos antes y me leo todo antes de que lleguen Silvio y los demás, para tratar de aprovechar ese gesto más que el día anterior.
Empezar la jornada de trabajo con la petición de que Jesús me dé la gracia de reconocerle en mis colegas (sobre todo lo que más me cuestan), o bien en las dificultades del trabajo, o incluso mientras mi jefe me echa un rapapolvo, es decir, tener en el corazón esta petición, me permite vivir con más seriedad y serenidad. Los afanes cotidianos tratan siempre de absorberme, pero la mirada de un colega o la foto de don Guis en la esquina de mi mesa me recuerdan la petición con la que comienzo el día. En ese instante vuelvo a abrir los ojos y me dejo abrazar por el Misterio, por esa Presencia concreta que desde las 7.55 siento más cercana, consciente de que incluso antes de que me dé cuenta Él está ahí, me mira, me guía, me ama.
Alessandro, Brescia (Italia)

El cambio y la belleza
En abril mi hermana empezó a frecuentar Gioventù Studentesca (GS), un movimiento internacional nacido de la vida y el trabajo de don Luigi Giussani. Desde que forma parte de este grupo, he observado en ella un cambio notable: una felicidad increíble que resulta difícil de ignorar. Esto me hizo desear la misma felicidad, la misma profundidad con la que ella percibe ahora toda la vida. Aunque no comprendía qué significaba todo aquello, y, francamente, todavía no lo comprendo, intuía que fuese lo que fuese lo que le hacía estar tan contenta, yo también lo quería experimentar. Fue esta correspondencia con mi corazón la que me puso en marcha, y el pasado noviembre yo también decidí conocer este grupo. Al seguir su ejemplo, he podido experimentar un cambio increíble, que es tomar conciencia de la gracia en mi vida y desear llegar a reconocerla cada día dentro de mi realidad particular. Comparto esta experiencia con mi mejor amiga, y gracias a ello he aprendido a conocerla más en estos cuatro meses que en los cuatro años anteriores. A través de GS nuestra amistad se ha reforzado, la miro de una forma más verdadera y ahora somos más tolerantes entre nosotras. Es lo que dijo un chico en un encuentro: «Ahora quiero mucho más a la gente a la que antes ya quería». Mientras escribo esta carta escucho el Nocturno en Do menor de Chopin. ¿Lo conoces? Es una pieza preciosa capaz de conmoverme y de preparar mi corazón para la escucha. Esta pieza de tan sólo cuatro minutos infunde una gran belleza en mi vida, y cada vez que la escucho me hace saber que esta belleza debe estar todas partes, y que debe ser algo que todos desean y buscan.
Me doy cuenta de que la mayoría de la gente vive en un sueño absurdo que la paraliza ante lo que dice una pieza tan hermosa. Pero, ¿cómo es posible que no sepamos que la belleza y la felicidad son deseos grabados en nuestro corazón? Si es así, ¿por qué tan poca gente ve la belleza en la sencillez de la música clásica? Al margen de la preferencia por un género u otro, el ardor necesario para componer estas piezas es sencillamente inconcebible. Cada nota, cada subida y bajada por las escalas musicales encierra una pasión tan vigorosa que deseo que también otros puedan experimentar este asombro. Lo más bonito de este cambio de rumbo en mi vida es que no ha empezado en mí, y no termina conmigo.
Elisa, Toronto (Canadá)

Un camino trazado
No hace mucho que mi mujer y yo nos unimos a la Escuela de comunidad como resultado de la búsqueda conjunta durante los últimos años de una compañía que nos ayudara a crecer en la fe. El viaje hasta llegar a CL no fue fácil, pues yo era de los que decía que no necesitaba a nadie para llevarme bien con Dios, y me costó entender lo que mi hijo mayor me resumió un día de forma clara, contándome un chiste: «Un náufrago rechaza uno tras otro hasta tres barcos que acuden a salvarle, porque piensa que Dios le ayudará en el último momento, pero finalmente se ahoga. Al llegar ante Dios le espeta: “¿Por qué no me has ayudado?”. Y Dios le contesta: “¿Quién piensas que te envío hasta tres barcos para salvarte?”». Y es que Dios está ahí, en todo momento, delante de nosotros, ofreciéndonos mil maneras para ayudarnos a seguirle, serle fiel y a ser felices. El encuentro con CL ha sido sin duda uno de esos barcos que Dios ha puesto en nuestro camino para que le reconozcamos. ¿Qué es lo que nos ha atraído de CL que no hemos sabido ver en otros “barcos”? Nos sorprendió la amabilidad y generosidad de vuestra acogida; la profunda reflexión y constante hambre de crecer en la fe; la infinita alegría de vivir el cristianismo sin complejos, con especial atención y dedicación al prójimo; y lo que es más importante a nivel personal, pude entender por fin, que hemos de vivir la vida sin derrotismos, sorteando las dificultades una a una, con la fe, la esperanza y la alegría intactas, sabedores que somos hijos de Dios que nos ama y que tiene para cada uno de nosotros un camino trazado diferente con una meta común que es el Cielo. Uno de vosotros nos comentó un día: «El cristianismo se contagia por envidia», y nosotros nos hemos contagiado.
Javier, Barcelona (España)

“Hay Otro que lleva el mundo sobre sus espaldas, relájate”
He tenido que cerrar una de mis empresas (¡tenía cuatro y ahora sólo tengo tres!). Es un suceso por desgracia negativo para mí y para muchas personas que se han visto afectadas (hablaba de ello con los amigos casi como de la pérdida de un hijo). He tratado durante meses de asirme a todo, especialmente a los amigos del Club de Empresarios y a los dos únicos bancos que me han sostenido. A todos les preguntaba desesperadamente pero no obtenía respuesta; o mejor, no veía su respuesta. En el mes de marzo escuché decir a Vittadini que la prueba más dura está ahí para poner al desnudo tu fe y para hacerte mirar la realidad por lo que es. Tenía que aprender a vivir la Cuaresma en mi situación de empresario identificándome con la Pasión de Cristo y, al igual que Él, en sus últimas horas en el Calvario, mantener la mirada fija en el Padre. La presencia de algunos amigos del Club de Empresarios me ha abierto el horizonte: en esa circunstancia dolorosa podía buscar a Dios (Quaerere Deum, como decía el Papa). Todo esto ha renovado mi primer encuentro con don Gius en la Certosa de Pavía en 1980, cuando buscaba desesperadamente algo que no conocía y que se me hizo presente en sus palabras. Por otro lado, los amigos de L’Aquila no dejan de repetirnos que el terremoto ha avivado su esperanza. A partir de ahí el Señor me ha dado un signo detrás de otro sobre lo que debía hacer, como diciéndome “Hay Otro que lleva el mundo sobre sus espaldas, relájate” (fue el precioso título de una fiesta popular en Cassano D’Adda). Otro hecho que me ha conmovido es la Escuela San Martino a la que acude mi hija Miriam, de nueve años. Al ver la foto de una chica de protección civil que asistía llorando a las víctimas del terremoto, sus compañeras y ella decían que «llora porque busca la felicidad que alguien le ha prometido, porque le falta algo, y no le basta lo que puede dar de ella misma para ayudar a los demás». Tanto el Club de los Empresarios como la Escuela San Martino son lugares que puedo ofrecer a todas las personas con las que trabajo y vivo. Y esto me llena de agradecimiento.
Marcelo, Calvenzano (Bérgamo)

Icono posmoderno
Michael Jackson era una superstar global y lo demuestran las reacciones ante su muerte en el mundo entero. Sin embargo, pienso que las reacciones aquí en EEUU han sido distintas que en los demás países. Newsweek Magazine comentaba: «Jackson eligió –incluso calculadamente– rehacerse a sí mismo en clave de sueño americano de inocencia y deseo de ser amados». En realidad, Jackson «era esencialmente uno de esos “puros productos americanos” que, como escribía en 1923 William Carlos Williams, “acaban por volverse locos”». La juventud “postmoderna” americana se encuentra en la necesidad arto difícil de afirmar su postmodernidad. Porque el verdadero problema es cambiar la realidad y no simplemente huir de ella con un cínico relativismo absolutista. Basta con pensar de cuántas maneras la realidad desafía a la vida americana: la diversidad de las razas, el fideísmo protestante, la cultura de género, el fuerte sentido de pertenencia a la familia así como la exaltación exasperada del individualismo y la fascinación por el éxito económico. El sueño americano es el de mantener todos estos ideales y a la vez prescindir de ellos. La única manera de conseguirlo es creando un “yo” que sea todas estas cosas a la vez. Michael Jackson fue un icono de todo esto: contemporáneamente víctima y verdugo, blanco y negro, profundamente religioso y laicista, varón y hembra, padre y egoístamente libre de cualquier relación y compromiso, pobre y millonario, todo al mismo tiempo. ¿Quién era el verdadero Michael Jackson? ¿Quedó algo dentro de ese extraño ser humano que llevó a cabo y, a la vez, sufrió su transformación en un icono americano postmoderno? Para los que creemos en Cristo, el verdadero Michael Jackson jamás podrá ser eliminado y lo confiamos a la misericordia de Dios. Y, frente a Jackson, icono de un dios postmoderno americano, nosotros rezamos por todos aquellos que todavía buscan al verdadero Dios.
Lorenzo Albacete, Nueva York (EEUU)

 
 

Créditos / © Asociación Cultural Huellas, c/ Luis de Salazar, 9, local 4. 28002 Madrid. Tel.: 915231404 / © Fraternità di Comunione e Liberazione para los textos de Luigi Giussani y Julián Carrón

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